Describe la gracia liberadora de Jesús que defiende, perdona y transforma una vida marcada por la culpa, otorgando dignidad nueva y esperanza firme a quien acepta su misericordia.
Duración
05:42
Tonalidad
C# Menor
Dificultad Vocal
Formato Vocal
Coro + Solista Femenil
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Coro UMCH
Danna Torrojas
Ismir Muñoz
Miguel Martínez
Juan R. Salazar L.
Miguel Martínez
En la tranquilidad de los huertos de olivos,
estaba el Salvador, descansando del ruido,
de las ávidas muchedumbres, de la excitación de la ciudad,
de los príncipes y sacerdotes que lo querían matar.
Temprano regresó a enseñar en el templo,
interrumpido fue por un grupo “selecto”,
que acusaban y arrastraban a una pobre y singular mujer,
de violar el mandamiento siete de la ley de Moisés.
Apedrearla la ley nos indica,
oh Maestro, ¿qué has de responder?
Una trampa sin salida
y una herida mujer a sus pies.
Ocultando escuchar la pregunta,
en el polvo comenzó a escribir,
los secretos culpables de aquellos
que a otros vilmente querían exhibir.
Levantándose y viendo sus ojos,
al Maestro se escuchó decir:
“Quien esté de vosotros sin culpa ni pecado,
que arroje la primera piedra”,
y volvió a escribir.
Al ver su iniquidad revelada, se fueron,
dejando a la mujer sola con el Maestro.
¿Dónde están los que te acusaban? ¿Hubo alguno que te condenó?
Ninguno, Señor, pues ni yo te condeno; vete y no peques más.
Con el corazón enternecido,
a los pies de Jesús se arrojó.
Expresó su amor agradecido,
sus pecados también confesó.
Fue el comienzo de su vida nueva,
una de gran pureza y de paz,
mientras todos le daban desprecio
y escarnio, Jesús le dio libertad.
Regresó su esperanza perdida,
a su alma le dio sanidad,
de mujer acusada llegó a ser ferviente
discípulo de su Maestro, hasta el final.
Si viviendo estás en pecado,
y murmuran de ti los demás,
el Maestro te dice: ni yo te condeno,
vete y no peques más.
Hoy comienza de nuevo tu vida,
no desprecies la oportunidad,
retribuye la misericordia que tuvo contigo
a quien hoy perdido y herido está,
no arrojes tú jamás la piedra.
Llorando al contemplar esa tumba vacía,
oyó una dulce voz que decía:
¡María!
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